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El kirchnerismo no está disociado de la realidad: por el contrario, la está disputando todo el tiempo. Cuando Alberto, después del mensaje grabado y acartonado del domingo pasado, se subió a la tribuna y le dio rienda suelta al otro Alberto, al que dijo lo que realmente piensa y convocó a un acto para festejar el triunfo, no tuvo ni un acto fallido freudiano ni tampoco cometió un error en la conceptualización de la realidad que lo circunda.

Lo que hay que entender de este episodio del Presidente son tres cosas:

  1. El resultado objetivo (numérico) no era una competencia electoral entre el Frente de Todos y Juntos por el Cambio sino una competencia entre la brecha del resultado y las expectativas del gobierno. Alberto tenía en su cabeza que la derrota del peronismo en su base electoral real (la provincia de Buenos Aires) iba a ser por un margen mucho mayor; por lo tanto, cuando se conoció que la diferencia era de poco más de un punto, pudo contabilizarlo mentalmente como una ganancia, o en todo caso, como una pérdida mucho menor a la que estaba preparado para afrontar. Si bien derrotados en la madre de todas las batallas, aún competitivos. Además, es necesario mencionar nuevamente que la estrategia del radicalismo de provocar una interna en JxC en esta provincia (donde emergieron figuras muy fuertes y donde el partido se fortaleció), también se vio reflejada en los votos y en el triunfo opositor.
  2. Muchas cosas en la vida son psicológicas: ninguna más que el triunfo o la derrota. La convocatoria a festejar tuvo la función de “borrar” el triunfo real de la jornada electoral del domingo: el de la oposición. En ningún sentido esa convocatoria fue inocente o alienada, de hecho, lo demostró en su discurso en Plaza de Mayo, tuvo una finalidad política muy concreta que fue la de desarticular cualquier ola de exitismo sobre la que quiera montarse la oposición. Como lo anómalo no es que festeje quien gane, sino quien pierde, esto cambió por definición el principio del flujo informativo de los medios. Encauzó la iniciativa comunicacional y política hacia el oficialismo derrotado y no hacia la oposición ganadora. Al invertir los roles por declamación, terminó forzando la percepción de la interpretación del sentido común y rompiendo la temporalidad que la oposición pretendía ocupar. Dicho más simple: en vez de hablar del verdadero triunfo de Juntos por el Cambio, el flujo de la opinión pública habló del “falso triunfo” del Frente de Todos. Un doctorado en fake news a escala nacional.
  3. Marcar (¿embarrar?) la cancha: no es lo mismo convocar a la oposición a un acuerdo mientras se festeja con un acto masivo por un falso triunfo, que con las caras largas y deprimidas por una derrota real. La estrategia consistió en copar la iniciativa, en marcar el ritmo, los lugares y los tiempos. Entre otras cosas, el festejo fue también una estrategia de “bienvenida”. Fue una diplomacia de la chicana que ni el mismísimo Maquiavelo hubiese imaginado. Entre el festejo por el falso triunfo y la propuesta del plan plurianual (que en realidad es el plan del FMI), el gobierno generó un espacio de ficción para poder ganar a su vez espacio en la discusión. Al cambiar la derrota por el festejo, no sólo movió los números de la elección al plano imaginario, sino también los números de la economía y la interpretación de cómo es la salida de la crisis.

Cambio de expectativas, golpe psicológico y redefinición de las reglas de juego: festejar la derrota significó un relanzamiento encubierto de la gestión fracasada del gobierno nacional. No hay que engañarse con las confusiones inducidas, sino que tenemos que mirar más allá de los dos Albertos del domingo para poder ver con claridad cuál es la realidad de las decisiones políticas que el gobierno está tomando y, sobre todo, las que está obligado a tomar.

¿Por qué decimos esto último? Porque el acuerdo con el FMI implica necesariamente una corrección en el gasto público, en las tarifas de los servicios públicos y en el déficit que es la fuente de la emisión monetaria y su consecuente inflación. Cosa que ya venía haciendo el gobierno hasta la derrota de la PASO. El “plan platita” fue una corrección política en términos de populismo de esa aplicación tan técnicamente correcta de la economía que venía haciendo Martín Guzmán. El gobierno está haciendo mucho circo porque ya no tiene pan. Las cuentas públicas están estiradas al máximo.

Si tuviéramos que hacer un comparativo histórico, probablemente debiéramos recordar aquella frase de Perón que decía: “miente, miente, que algo quedará”. Hoy, uno de los Albertos dice: “festejo, festejo, que algo quedará”. Desde la oposición tenemos en claro que: el resultado fue tan contundente como el tamaño de la crisis económica que vivimos y la miseria a la que este gobierno nos ha sometido con su falta de gestión, los errores de rumbo y la ausencia de una orientación política que guíe el futuro del país.

Por lo tanto, ante la estrategia del festejo, que no es otra que la tan tradicional y trillada estrategia del tero (gritar en un lado y poner el huevo en otro), desde Juntos por el Cambio vamos a continuar reproduciendo el reclamo social de las urnas, que es otra forma de decir que vamos a seguir con el oficio básico de la dirigencia política y que el kirchnerismo aún no ha entendido: representar y construir representación.

La interpretación del resultado se trata de darle forma al no de los argentinos al gobierno del Frente de Todos. El problema que hay que encarar para salir de la crisis no tiene origen en la economía (si bien sus consecuencias se ven allí con mayor agudeza y violencia), sino que empieza y termina por el lado de la política. La tarea del momento es corregir el rumbo político del gobierno: de eso se trató el triunfo del domingo. Ése es el reclamo social: la Argentina necesita otra política y nosotros estamos listos para trabajarla.

Esa otra política se trata de poner por encima de todo los problemas de la gente y no los prejuicios ideológicos de los partidos para gestionar el Estado. Solucionar problemas es saldar discusiones. Y la discusión que necesitamos saldar no es el cambio de rumbo, eso ya lo estableció la ciudadanía mayoritariamente cuando votó. Lo que hay que establecer y estamos encaminados en hacerlo, es el cómo lo ejecutamos, cómo tomamos otra dirección hacia ese lugar de progreso común que todas y todos queremos, y más aún, que nos merecemos.

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